Una de cada nueve personas en el mundo está subalimentada en la actualidad, sin embargo, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) estima que aproximadamente un tercio de los alimentos del mundo se pierden o se desperdician cada año.

Por otro lado en agosto de 2019 el Panel Internacional de científicos para el Cambio Climático (IPCC) publicó un documento titulado “El cambio climático y la tierra”. El texto comienza afirmando que la tierra proporciona la base principal para el sustento y bienestar humanos, incluyendo el suministro de alimentos, agua dulce y muchos otros servicios ecosistémicos, así como biodiversidad. Sin embargo, advierte del uso intensivo que hacemos de sus recursos. El uso humano afecta directamente a más del 70% de la superficie terrestre libre de hielo. Y las actividades agropecuarias, relacionadas principalmente con la producción de alimentos, ocupan el 49% del total de esta superficie.

 

El sistema alimentario global ha provocado una gran vulnerabilidad en los países pobres, que dependen de las importaciones para alimentar a su población, y están permanentemente expuestos y sin protección frente a las fluctuaciones de los. De nada sirve producir alimentos suficientes para toda la población, si hay quienes no pueden pagarlos. En las familias más pobres el 70% de la renta se dedica a la compra de alimentos. Cualquier variación importante en la cesta básica, amenaza directamente su seguridad alimentaria.

Nuestro modelo de producción y consumo son absolutamente insostenibles. Nuestra huella ecológica, ha alcanzado niveles extraordinarios, el planeta ya no es capaz de regenerar buena parte de lo que consumimos y los expertos advierten de que si mantenemos el ritmo actual de consumo, en 2050 necesitaremos el equivalente a por lo menos tres planetas para abastecernos. La justicia ambiental se ha convertido así en parte ineludible del debate amplio sobre la justicia en el siglo XXI

En medio de todo esto, tenemos muchas cosas que hacer tanto de forma individual como en colectivo. Las consecuencias de nuestros hábitos de consumo y formas de vida están íntimamente relacionadas con el deterioro ambiental y la erradicación de la pobreza.

Debemos buscar con urgencia un nuevo modelo cultural y social basado en una ética planetaria que haga frente a la grave crisis socio-ambiental en la que vivimos

De todo esto, conversamos el pasado lunes 10 de febrero con universitarias y educadores y educadoras de la Residencia Universitaria Monferrant.

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