El Papa Francisco, en su encíclica, Laudato Si, se refiere al planeta Tierra como la «casa común» que ha sido permanentemente maltratada. Las especies amenazadas del planeta se defienden. Los humanos hemos degradado el medio natural hasta límites inimaginables desde hace algunas décadas. Eliminar bosques, selvas y junglas, convertir tierras antes habitadas por animales y vegetales y también por virus y parásitos en zonas urbanizables, o en tierras agrarias o de pastos, o dedicadas a actividades extractivas, ha facilitado que los «invisibles», mosquitos, virus… viéndose desplazados, hayan saltado a los animales y de los animales a los seres humanos. Habiendo eliminado diversidad biológica, los virus se han buscado la vida y han encontrado alternativas: el ser humano. Todo fruto de la destrucción de los ecosistemas. Según Lorena Farràs, periodista, más de un 70% de las enfermedades que han afectado a los humanos los últimos 40 años han sido transmitidas por especies salvajes que se han desplazado al ver destruido su hábitat natural. En esos mismos 40 años se ha perdido el 30% de masa forestal en el sureste de Asia, y en la selva amazónica, en tan sólo un año, entre 2018 y 2019, se han perdido casi 10.000 kilómetros cuadrados, según el Consejo Asesor para el Desarrollo Sostenible.

En un planeta interconectado y con grandes aglomeraciones urbanas, ¿es una sorpresa que un virus se haya esparcido, con gran rapidez, hasta llegar a todos los rincones de los cinco continentes? Es evidente que hay cambios en la sociedad y en la ecología. La Tierra, organismo vivo autorregulado durante millones de años, nos avisa. No sigáis dañando la Casa Común o pereceréis. Os estáis autodestruyendo. El sistema actual cuestiona las bases de la vida.

Fábricas y cadenas de producción deberán incorporar el factor ecológico como elemento esencial. Es necesaria una «glocalización». Es decir, hacer hincapié sobre lo local pero abiertos a aquello que es global. Hay que practicar un consumo austero y solidario basado en productos de proximidad para no ensuciar el medio ambiente evitando desplazamientos innecesarios de mercancías. Hay que poner sobre todos los demás bienes aquellos que son intangibles tales como la solidaridad, la afectividad, la justicia social, la cooperación,… Por tanto, no es verdad que «no hay alternativa», “hay una nueva alternativa”. Dejar de lado el expolio de la naturaleza, la centralidad del mercado y el beneficio, para poner en el centro la diversidad de las especies animales y vegetales y el ser humano con un respeto total a las diversas culturas que lo caracterizan. ¡Todas las tradiciones culturales merecen igual respeto! Todas las comunidades humanas tenemos un destino compartido. Si algo tenemos que aprender los occidentales de esta pandemia es a ser mucho más humildes. Pensábamos que las epidemias eran cosa de regiones subdesarrolladas y que no nos podían afectar a nosotros. Nos teníamos por superiores y ahora hemos podido comprobar que no lo somos. Los orientales llevan camino de solucionar mucho mejor el problema que europeos y norteamericanos. Para Pascal Boniface, del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París, los occidentales nos habíamos creído ser el centro del mundo. Acostumbrados a imponer durante cinco siglos nuestras reglas al resto del planeta y a que las otras regiones las siguieran, pensamos que el Covid no nos afectaría. Y vimos con estupor como se extendía el virus por Italia, España y todo occidente. Parecía que esto sólo podía pasar en Asia, África o América Latina. Los occidentales ya no somos el conjunto del mundo. Tenemos que aprender a aceptar los puntos de vista de los no occidentales.

Como escribe el teólogo L. Boff, «es urgente un centro plural de Gobierno Mundial para asegurar a toda la Comunidad de Vida, a todos los seres Etiopía. Preparando injera con Tef, cereal típico del país.
Desforestación en Paraguay vivos, lo suficiente y decente para vivir». Es necesario un contrato social mundial y no solo a nivel de país. Los problemas mundiales requieren soluciones mundiales consensuadas por todos los países. Lo que nos salva es la cooperación y la solidaridad y no ser indiferentes a la pobreza y la miseria provocada por un proceso de acumulación de capital que ha durado siglos. Compartir conocimientos, en favor de toda la humanidad, nos permitirá salir de la crisis pandémica actual. Volver a la «normalidad» anterior implicaría seguir en el camino de la autodestrucción.

En lo que llevamos de siglo XXI, la economía, según Xavier Ferràs en La Vanguardia, se ha hundido en 3 ocasiones:
a) La «burbuja puntocom» (las empresas se revalorizaban, desde los 90 del siglo XX, poniendo el prefijo e- delante de su nombre o terminándolo con .com), que estalló en mayo de 2001. Estalló una burbuja tecnológica, Internet y tecnologías de la información, por la especulación sin base y el endeudamiento, con una caída salvaje del Nasdaq, acelerada por los atentados del 11-S. Crisis que afectó poco a Europa.
b) Las «subprime», 2008. Paquetes de créditos hipotecarios para la adquisición de la vivienda. Una crisis que no sirvió para replantearse el sistema económico vigente, a pesar de las buenas intenciones de algunos líderes occidentales durante el inicio de la crisis. Todo lo contrario. Las soluciones pasaron por presionar más sobre el mundo del trabajo y del consumo en lugar de hacerlo sobre la riqueza y el capital. Y los beneficios de los últimos años han ido a accionistas y gestores de las grandes empresas y no a aquellos que más lo necesitan.
c) El «Covid 19», 2020. Esperemos que la solución no sea volver a la «normalidad» porque la normalidad es el problema. Hay que llevar a término políticas públicas dirigidas a salvar las personas. Parece que así lo ha entendido, por fin, la Unión Europea.

Con la actual crisis, son precisamente las empresas tecnológicas las que han incrementado más sus beneficios, alrededor del 20% de media, las llamadas Gafam: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft (aprovecho para preguntar cuándo estas grandes tecnológicas pagarán los impuestos allí donde tienen origen sus beneficios, en lugar de pagarlos en paraísos fiscales). Ante esta situación nos damos cuenta de la necesidad de contar con un sector público y una administración ágil, digitalizada y profesionalizada. Las empresas acabadas de citar se caracterizan por esas tres cualidades. Las grandes corporaciones y los estados autoritarios recopilan datos en cantidades exponenciales. ¿Cuándo lo harán las democracias con buenas intenciones?

Debemos salir de esta crisis reforzando la ciencia y la investigación, a diferencia de lo que sucedió como consecuencia de la crisis de las subprime. Y la investigación debe ser compartida a escala mundial. Sin absurdos nacionalismos de estado cuando la vida de las personas de todas las regiones del mundo están en juego. Sorprende ver al presidente de Estados Unidos intentando tener él primero la vacuna contra el Covid. Esto es no entender nada en un mundo interconectado. Y debemos salir de esta crisis consiguiendo que las grandes fortunas, en lugar de hacer donaciones para investigación o alimentos o cualquier otra cuestión, tributen lo que les corresponde y dejen de frecuentar paraísos fiscales. No más limosna y sí más justicia.
Slavoj Zizek, pensador social esloveno, concedió una entrevista a La Vanguardia de la que destacamos los siguientes párrafos:

«Hegel escribió que lo único que podemos aprender de la historia es que de la historia no aprendemos nada, por lo que dudo que la epidemia nos haga más sabios. Lo único que es evidente es que el virus destruirá los cimientos de nuestras vidas… No habrá vuelta a la normalidad (…) Tendremos que aprender a soportar una vida mucho más frágil (…)”.
«La solución no será el aislamiento ni la construcción de nuevos muros y posteriores cuarentenas. Es necesaria una plena solidaridad incondicional y una respuesta coordinada globalmente, (…)».
«El gasto de billones para ayudar no sólo las empresas sino también los individuos se justifica como medida extrema para mantener la economía en funcionamiento y evitar la pobreza, pero lo que pasa es más radical: con estas medidas el dinero ya no funciona al modo capitalista tradicional, (…) sino más bien se desarrollará un comunismo del desastre como antídoto al capitalismo del desastre».

«(…) ¿El sistema está sumido en una crisis profunda? ¿Y si están explotando de manera despiadada la epidemia para imponer una nueva forma de gobernanza? El resultado más probable de la epidemia es que acabará imponiendo un nuevo capitalismo bárbaro (…)».
Duras reflexiones las de Zizek.
Tenemos que aprender a aceptar los puntos de vista de los no occidentales. Debemos aprender a colaborar con todos los países del planeta. Tan sólo con soluciones multilaterales conseguiremos superar este y otros problemas que se puedan presentar. Hay que contemplar el mundo tal como es y no como fue. Y tenerlo en cuenta en su totalidad, tener en cuenta otros valores. Es inexplicable, ante un enemigo tan agresivo, que no estemos más unidos todos los europeos, siempre tan lentos en reaccionar, menos en esta ocasión, y todos los países de los cinco continentes.

Kate Brown, profesora e investigadora estadounidense del MIT, Instituto Tecnológico de Massachusetts, autora de un estudio sobre la catástrofe de Chernóbil, afirma que mueren 4.5 millones de personas cada año debido a la contaminación atmosférica, y que dos terceras partes de todos los cánceres tienen origen ambiental, y que, en el ámbito de la esfera nuclear, los beneficios se privatizan y el riesgo y los residuos se socializan. Y en cuanto a infección viral y cambio climático y, en concreto, en referencia al Covid-19, remarca que el 78% de las muertes en Italia, España y los Estados Unidos se han producido en regiones donde las emisiones de dióxido de nitrógeno son más elevadas.
El reto del Covid, como hemos comentado más arriba, va paralelo al reto ecológico. Un mundo libre de contaminación, en que se respete la naturaleza, será un mundo más seguro y más justo. Justicia climática en el marco de la justicia social.

Joaquim Alsina. Delegado Catalunya.

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